Fueron desde tiempos antiguos los recintos donde el arte en sus diversas manifestaciones respiraba. Los teatros son templos donde habita la cultura viva, el alma sensible de un pueblo. "En una pequeña o gran ciudad o pueblo, un gran teatro es el signo visible de cultura", afirmaba sir Laurence Olivier, el gran actor británico. En 1912, con diferencia de seis días, dos coliseos abrieron sus puertas en San Miguel de Tucumán, un acontecimiento poco común en el país. Estos surgieron por una necesidad de la comunidad de contar con salas para expresar sus artes.
El primero en ver la luz fue el Teatro Alberdi que se inauguró el 12 de mayo de 1912 con un concierto organizado por el Consejo de la Conferencias Vicentinas, en cuyo transcurso le entregaron una medalla de oro a Filandro Genovesi por sus aportes a la obra. Tres días después, el 15 de mayo, se lo inauguró oficialmente con la puesta en escena de "Marina" una ópera de Emilio Arrieta, a cargo de la Compañía de Zarzuelas y Operetas de Manuel Casas. La intensa actividad que desarrolló desde entonces el coliseo registra la presencia de nombres tan prestigiosas como María Barrientos, Margarita Xirgu, Blanca Podestá, Angelina Pagano, María Guerrero y Lola Membrives, por citar algunos. Las crónicas de la época revelan que la sala contaba en ese entonces con 2.500 localidades.
El sábado pasado se cumplió el primer centenario del coliseo. Sin embargo, este no pudo celebrar el acontecimiento con todo su esplendor porque algunas obras que, indicadas desde hace tiempo como urgentes, se postergaron incomprensiblemente. Las esculturas y sobrerrelieves de la fachada necesitan ser restaurados; un sector del cielo raso del foyer de tertulia, ubicado en el segundo piso, se desmoronó por el mal estado de la cubierta; y cuando se producen tormentas, el techo se llueve; en los sanitarios, hay filtraciones que inundan el piso. Además, requieren una limpieza profunda. Para paliar los problemas de humedad, el año pasado colocaron placas de yeso en el primer piso, pero no se hizo pintura; las alfombras que se instalaron en 2003 presentan agujeros y chicles pegados que saltan a la vista.
Según las autoridades universitarias el coliseo no presenta daños estructurales de importancia. La improvisación se vio reflejada el jueves pasado, 48 horas antes del aniversario, cuando la UNT consiguió una donación de EDET para renovar las lámparas de las tres bandejas de luces de la sala. Esta semana, Construcciones Universitarias comenzó a reparar el techo roto que provocó filtraciones y daños en el interior. Se anuncia ahora que las reparaciones se efectuarán paralelamente a la intensa actividad del teatro.
Es inexplicable que la UNT no haya emprendido la restauración de la sala con la debida antelación, como tampoco que se haya previsto un presupuesto para tal fin. Tal vez esta debería haber cerrado sus puertas, por ejemplo, en octubre o noviembre pasados para trabajar hasta mayo en forma intensa.
Quizá la importancia de la cultura para la actual administración universitaria es muy diferente de la que tuvo el visionario Eugenio Virla, en cuyo rectorado la UNT adquirió en 1961 el coliseo para que no sólo la casa de estudios tuviese un ámbito donde expresar sus artes, sino también la comunidad. En las dos máscaras del teatro, seguramente están reflejados el ayer y el hoy del Alberdi.